lunes, 12 de noviembre de 2012

¿CÓMO ES UN DÍA EN LA CÁRCEL DE SOTO?







El niño, evidentemente, no está cumpliendo una condena, y por lo tanto se intenta adaptar el Módulo de Madres a la vida del niño: el ritmo de las madres está en función de los horarios y de las necesidades de los niños.
 El niño duerme en la celda con su madre y hace un horario normal: a las 9.30 van a la Escuela Infantil, en la que trabajan cuatro técnicas especialistas en Educación Infantil que cubren las necesidades de cuidado y enseñanza de los niños, y que funciona como cualquier escuela de la Comunidad de Madrid: Hay tres aulas: una de 0 a 1 años, otra de 1 a 2 y otra de 2 a 3.
 Los niños desayunan con sus madres, y ellas los llevan a la Escuela, donde están hasta las 4. 30 de la tarde.
 Los niños tienen un menú especial, tienen un pediatra que viene dos veces por semana y, en cuanto hace falta, los niños son enviados al hospital de La Paz o al del Niño Jesús, en ambulancia.

La Escuela es muy bonita: Las tres aulas tienen muchos juguetes, adornos infantiles,
números y letras de colores en las paredes… En una de las aulas hay una ventanita para el guiñol. Fuera hay un jardín, con columpios, y tres piscinas pequeñitas al fondo, donde los niños se bañan en verano. Las madres reciben información periódica de sus hijos: cómo comen, cómo va su aprendizaje… como en cualquier Escuela de la Comunidad. Los fines de semana salen en acogimiento familiar, o con voluntarios de la ONG en la que estaba participando.
 Y en verano —la Escuela cierra en agosto— van a un campamento con sus madres, en Santa María de Huerta.

Los módulos para mujeres. En la planta baja, una gran sala de estar, el patio, y los módulos de actividades. Hacen manualidades y después las venden.

Las celdas, que están en el primer piso. Un pasillo largo y muchas puertas cerradas.
Una está abierta. Vemos el interior de la celda: una cama, una cuna, algunos adornos, y juguetes y ropa para el niño. La puerta metálica que se cierra por la noche y sólo se puede abrir desde el control. 

Todo un mundo el de la cárcel, en el que se celebran bodas, bautizos, encuentros y desencuentros. Todo un mundo rodeado por un muro: el muro que se ve siempre, al fondo, y que nunca se puede escalar. Allí viven 30 niños. ¿Estarán mejor dentro o fuera? Una pregunta difícil de contestar: dentro están con su madre; fuera, ella no está.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

CONCLUSIÓN

A mí, tanto sufrimiento me plantea cuestiones que no sé responder: 
  • ¿Las mujeres con hijos pequeños deberían estar exentas de penas de cárcel? 
  • ¿Sería justificable esta discriminación con respecto a las mujeres sin hijos? 
  • ¿Las madres extranjeras deberían ser extraditadas a sus lugares de origen para tener cerca a sus familias? 
  • ¿Y si las condiciones de las cárceles en aquellos países son mucho peores? 
  • ¿Los niños deberían poder convivir más de 3 años junto a sus madres?

  • ¿Qué pensáis vosotros?
Imagínate lo duro que resulta estar viviendo en la cárcel… pues ahora imagínatelo midiendo menos de 50 cm.

Para que mediteis, os dejo un programa de radio sobre las condiciones de hacinamiento que sufren las madres presas con sus hijos en la cárcel de Oaxaca, México.




lunes, 5 de noviembre de 2012

LA VIDA EN LIBERTAD

Algunos niños tienen la suerte de tener parientes que están interesados en ellos, de manera que salen a la sociedad libre en forma periódica o esporádica. De esta forma empiezan a conocer paulatinamente la existencia de un mundo diferente al de la cárcel con lo que se allana, de alguna forma, su salida obligatoria al llegar a la edad dispuesta por la ley. Incluso cuando la pena de la madre finaliza antes de que lleguen a esa edad, siempre es beneficioso que el niño tenga idea de las formas de actuar en “ese otro mundo” para que pueda comodarse en forma más o menos satisfactoria a esa nueva vida. Más aún si ha nacido “entre rejas” necesitará de elementos que le permitan asociar el mundo del encierro con el de la libertad de una forma no disruptiva. Como no constituyen escenarios complementarios, en tanto las reglas de convivencia son diferentes as ícomo los modos de relacionamiento, se hace necesario un trabajo adicional que es trazar un puente en la identidad del niño que le permite salir de ese mundo para incorporarse en el otro sin atentar contra una identidad en formación. Este niño hipotético tiene, por desgracia, muchas probabilidades de que en su nuevo mundo la violencia sea el factor que una su vida previa con la actual. Dado que sus madres y familias pertenecen a un sector de la población con escasez de recursos materiales y simbólicos, que viven en la periferia de los núcleos sociales de producción de normas de convivencia, y de decisiones políticas e institucionales ,tienen escaso control sobre sus vidas. El quebrantamiento de las leyes está entonces en el universo de posibilidades de estas familias cualquiera sea la razón para cometer un delito: desde la elección de una vida delictiva hasta la necesidad de dar alimento a los hijos.

Por otro lado, están aquellos niños que no tienen parentela dispuesta a mostrarles ese otro escenario al que accederán en no mucho tiempo, de tal forma que no conocen otro ambiente que no sea el carcelario. Los niños que han nacido allí no pueden concebir, por razones obvias, un entorno diferente de forma que están sobre- adaptados a condiciones de vida por demás deficitarias. Si bien no hay estudios científicos longitudinales sobre la vida de estos chicos después de la cárcel (Ferraro y Moe 2003), se tiene alguna confirmación de que se van a vivir a barrios criminalizados o que han tenido otros parientes detenidos, de forma tal que desde su salida de la cárcel, con o sin su madre, están estigmatizados por una u otra razón. (Auyero 2000, Dodge y Pogrebien 2001, Easteal 2001, Richie 2001, Wacquant 2000).
Las consecuencias de esta victimización “secundaria” o no mediata, por no ser ellos mismos quienes hayan quebrado la ley sino parientes o bien porque sus barrios son especialmente conocidos por ser considerados como “refugio de delincuentes” y objeto de un mayor control policial y desaprobación social, serán un obstáculo que deberán sortear; a diferencia de otros niños, tienen que esforzarse más y tener la suerte de mayores oportunidades para adquirir
destrezas sociales que les permitan, por ejemplo, escolarizarse, mantener vínculos de respeto con los otros, impedir las adicciones, o evitar una ficticia (por el sufrimiento que acarrea) solución a sus problemas convirtiéndose en personas abusadoras, depresivas, o anti- sociales en sentido amplio. 
El Estado casi nunca toma alguna medida reparadora para con esta franja de niños que tienen una vulnerabilidad social específica adquirida durante su primera socialización y que, entonces, están en una desventaja que los singulariza. Al vivir en franjas de exclusión social, desde un posible nacimiento traumático en una cárcel hasta una infancia carente de posibilidades para un crecimiento y maduración física, emocional y cognitiva que les permitan afrontar los problemas de la vida con dignidad, la respuesta violenta será la que tendrá una fuerte presencia en la vida de estos niños.
Por esto es imprescindible la figura de ONGs dedicadas a mejorar la vida de éstos niños, o el caso de personas individuales, que a título personal estamos volcadas a mejorar ésta traumática situación:

viernes, 2 de noviembre de 2012

RELACIONES SOCIALES

Solo ven a los hombres durante las visitas familiares, sus padres o cualquier otro pariente o si no los tienen los que van a visitar a otra detenida. Pero no es un personaje habitual en su escenario de vida. En algún caso hemos observado el temor de un niño ante el tono de voz de un hombre que hablaba sin gritar.
 

Si bien tienen una madre biológica se les acoplan otras detenidas que asumen de vez en cuando, o en forma cotidiana, un papel de madre. A veces es la propia madre que busca que alguien la reemplace o bien son las demás quienes están dispuestas a cuidar de los chicos para que la madre “descanse”. Una maternidad extendida que puede ser interesante como ayuda en caso de hijos numerosos y escasez de recursos en la vida en libertad, en este caso actúa como obstáculo para la unidad vincular que debiera darse en los primeros tiempos de vida con la madre. Si bien se sabe que el papel de madre lo puede cumplir alguien interesado en el bienestar del niño sin aparentes consecuencias emocionales3, la existencia de una multiplicidad de cuidadoras, que se alternan en las tareas y vigilancia del niño, puede conducir a que finalmente confunda a su madre “real”. Pasar de mano en mano, estar viviendo entre formas distintas de cuidado, protección, de abrazos o gritos genera bebés y niños irritados, que no es el mejor humor para las primeras experiencias de vida. Aún cuando hay una estabilidad precaria en su contexto de vida, puede haber situaciones de extremo estrés para la madre como lo es la proximidad del juicio, las situaciones conflictivas propias de la cárcel (huelgas de hambre, protestas, petitorios, etc.) que genera un clima de tensión con las celadoras. En un caso en que una madre consideró que su causa avanzaba demasiado lento, se amotinó junto con su beba de pocos meses y amenazó suicidarse. Esta situación no provocó alarma dentro de la administración de la institución y solo se persuadió a la madre para desistir de su protesta.
Las relaciones que establecen con otros niños están obligatoriamente intermediadas por algún adulto. No hay un parque o plaza donde puedan relacionarse solo entre ellos, de modo que la organización de sus juegos no es espontánea. Las edades no coinciden y entonces un niño de tres años debe “jugar” con otro de un año o con un bebé de meses, por ejemplo. Los juegos son dispersos, sin objetivos ni reglas claras, y marcan una creatividad desvanecida que el nivel lúdico supone que alienta.

LA PRIMERA DECISIÓN

Algunas mujeres entran a la cárcel embarazadas, de forma tal que deben parir en ellas. Los controles de salud no se hacen de forma periódica, hay obstáculos administrativos para el traslado a los hospitales, y a veces las mujeres no gozan de la salud suficiente como para tener un embarazo y parto saludables (desnutrición, adicciones, o enfermedades pre- existentes). No tienen médico de cabecera o sea que son atendidas por quien está de guardia, de forma tal que no pueden tener la confianza suficiente con quien las va a ayudar en el parto, elemento éste que se considera importante para crear un ambiente placentero durante el parto.
En realidad, no hay resquicio para un ambiente más o menos adecuado en la vida que ellas inician estando embarazadas. (Dodge y Pogrebien 2001) La brusca disrupción de su vida cotidiana hace que el embarazo se convierta en un problema porque no le pueden dedicar atención ni cuidado. Deben adaptarse a la vida carcelaria, sobrevivir sin recursos materiales a una situación inesperada, o al menos para nada deseada, enfocando su atención a los problemas que enfrentan a su ingreso. Esta etapa es bastante larga y de enorme estrés hasta que se empieza a entender y compartir estas nuevas reglas de supervivencia en un mundo caótico que está paradójicamente sobre- reglamentado. El embarazo pasa a ser una cuestión de segunda instancia, a la que se le presta poca atención pero que a la vez sobresale en sus prioridades porque tienen que empezar a prepararse para un alumbramiento “distinto” si tuvieron hijos o bien para un acontecimiento que deviene “molesto”. En otras palabras, no tienen tiempo “emocional” para generar una corriente de afecto y apego con el niño por nacer. 
Otras madres ingresan con bebés casi recién nacidos, o de pocos meses. Algunas de ellas no tienen otra opción que mantenerlos a su lado, ya que nadie se ofrece para darles cuidado y mantener, a la vez, una constancia previsible de protección al vínculo con la madre biológica. Si bien la adopción es una posibilidad concreta y al alcance de todas ellas, no se la usa en la confianza de que se podrá lidiar con la situación y que mejorará con el transcurso del tiempo. Pocas de ellas deciden mantener fuera de la cárcel a sus hijos. En un caso hemos registrado a una mujer condenada a una pena de ocho años que ingresa a la cárcel cuando tiene un bebé de unos meses y un hijo de pocos años. Consideró que es mejor mantener el vínculo entre los hermanos que el de ella con su bebé. Contó con su suegra para cuidar a los chicos que iban a la visita en forma habitual. Los hermanos tienen una buena relación pero cada uno de ellos se figura el rol materno de diferente manera. Por razones obvias es la abuela la que cumplió durante toda la vida del menor de los hijos el rol materno, de forma que su madre es una figura suplementaria. Como el padre también está detenido, para el hijo menor su hermano constituye un consejero y guía. En el momento previo a la libertad condicional, esta mujer asistió a un grupo de madres con lazos de parentalidad deteriorados. A esta altura no sabemos cómo resolvió la situación aunque su deseo era reunir y reconfigurar todos los vínculos familiares, completándose una nuevo escenario cuando el padre estuviera libre. El caso opuesto es el de una mujer que mantiene a sus dos hijos con ella. Si bien la nena era de pocos meses, el hijo mayor tenía alrededor de tres años con lo que su vida se vio alterada en forma drástica, ya que tuvo que dejar sus actividades y vínculos cotidianos para pasar a convivir en forma coercitiva con un conjunto de reglas que le eran ajenas y por demás violentas. Su conducta fue errática, sus juegos desordenados y tuvo durante los meses que pasó en la cárcel un visible mal humor. 
Las decisiones sucesivas: es la madre quien decide mantener con ella al niño o bien buscarle algún lugar donde puede luego “pasar a buscarlo” para llevárselo a casa. Nuestra experiencia indica que esta decisión si bien es la primera, no es la única ni la definitiva. Los chicos suelen alternar períodos de internamiento con períodos de vida en libertad, cambios bruscos de ambientes y por ende situaciones de vida que se van confrontando en el delicado proceso de conformación de una identidad.
La posición de “ser madre” en una cárcel presente características propias. No solo por cuestiones materiales, de dificultades en el espacio disponible, las comodidades, y las dificultades para concretar la maternidad como ellas creen que deben ejercerla, sino también porque ninguna madre está a tiempo completo en contacto con sus hijos, salvo aquellas que se ven obligadas en la vida libre a estar en forma permanente con sus hijos; se tienen momentos de distracción, salidas de los chicos con sus amigos, alternancia de roles y cuidadores que pueden asumir durante el día algún espacio donde ellas quedan “libres” de estas obligaciones.
Dentro del ambiente carcelario, las posibles cuidadoras que se ofrecen, además de la madre biológica, cumplen funciones que no son complementarias, como en la vida libre, sino suplementarias. (Enos 2001) En esos momentos es como si el niño tuviera dos o más madres funcionando a la vez: recibe cariño de dos o más pares de brazos o reprimendas de dos o más voces diferentes, cuando no pocas veces se producen colisiones de las voluntades y deseos. El resultado es un bebé de meses o un niño de pocos años confundido o desorientado, malhumorado, hosco y llorón.
Esta situación es por sí misma cansadora a resultas de lo cual la madre decide que el niño debe ir a vivir con algún pariente o con su padre, si es que lo aceptan. En ese caso, suele suceder que vive algún tiempo, como dijimos casi siempre con la abuela materna, hasta que la madre lo empieza a extrañar o la abuela se cansa de las exigencias que implica criar a un bebé con estas características de su entorno.
 
 
Las visitas a la cárcel suelen ser un punto de inflexión que hacen que la abuela “devuelva” al niño con su madre. Ellas comprenden que “ir a la visita” es la única forma de mantener el vínculo con la madre biológica, pero implica una estrategia familiar para organizar horarios, recursos económicos, viajes o tiempo de espera, todo lo cual se transforma en obstáculos. La requisa es un momento que puede ser descrito como, al menos, tenso, por ejemplo cuando se revisan los pañales de un bebé, o el contenido de su biberón que para un observador externo es a ojos vista vejatoria. El bebé se pone incómodo, lo tocan manos extraños, oye voces intranquilas y el clima en general resulta de casi ningún cuidado, ya que hay una larga fila que espera. Más aún, esta espera hace que la visita resulte más corta, con lo que los esfuerzos se ven defraudados. Para peor, nada asegura que la madre biológica esté de buen humor para recibir a su hijo, debido a que resulta un momento de fuertes presiones que hace la abuela para que el niño quede con ella, o al revés para que el niño se quede más tiempo con la abuela, o en circunstancias en que la madre no puede afrontar ese rol siendo presa o que las contingencias de la vida carcelaria hayan incidido en ese preciso momento en el ánimo de las detenidas.
Las madres biológicas drogodependientes suelen ser más inestables en surelación con sus hijos que las que están procesadas o condenadas por otros delitos, incluso homicidio. El delito de la distribución y comercialización de drogas está, por lo general, acompañado por el consumo. Se sabe, además, que el tráfico de drogas es un lugar común en los establecimientos carcelarios. La madre sigue consumiendo o bien sufre de síndrome de abstinencia, imposibilitándose, en ambos casos y más allá de sus deseos, el cuidado de un bebé.
Ellas sienten impotencia cuando no pueden resolver sobre todo los problemas de salud de sus hijos. No hay un pediatra que se haga cargo de la salud de estos niños, de manera que la consulta médica se produce por guardia en un hospital o en un centro de salud. Los controles pediátricos se llevan a cabo esporádicamente, como dentales y psicológicos. Los parámetros de crecimiento están vigilados por las madres quienes recién cuando notan algún signo de alarma (fiebre, dolor, excesivas horas de sueño, delgadez o obesidad, etc.) deben empezar a hacer los trámites necesarios para que un vehículo las traslade con sus hijos a la visita médica. Esta situación genera un sentimiento de frustración ya que el cuidado de la salud de los hijos es un parámetro socialmente importante en cuando al cumplimiento de la función materna, además de ser, por lo general, una preocupación primordial de las madres.
Registramos un caso de una niña nacida con problemas de salud debido a la
drogodependencia de la madre. No tuvo ninguna atención especial, a pesar de sus notorias dificultades respiratorias, retardo madurativo y bajo peso. La niña tenía fiebre a repetición junto con gripes, resfríos, bronquitis y otros malestares respiratorios. En un momento la madre tuvo a su disposición un tubo de oxígeno cuya presencia violaba cualquier medida de seguridad interna, además de dejar la responsabilidad de su uso a alguien que no estaba preparado para eso, en cuanto a criterios de utilización (gravedad del cuadro, continuidad en su aplicación, períodos autorizados clínicamente de repetición en la aplicación de oxígeno, etc.).
En una oportunidad, la madre intentó fugarse. Como consecuencia, se le cerraba la puerta con llave y se quitaba los pasamanos durante las noches. De esta forma, si la niña tenía algún problema, la madre empezaba a gritar para que alguna de sus compañeras más cercanas pudieran avisar a la guardia que, en algunas ocasiones, no respondió al llamado.
Y, desde luego, hay madres que cumplen su función en forma desaprensiva
dejando al niño crecer “por su cuenta”, sin el ejercicio real y comprometido de la maternidad.
En resumen, hay niños que van y vienen durante la condena de la madre, otros que se quedan en circunstancias desfavorables y terceros, asimismo en circunstancias para nada propicias, que se queden a pesar del deseo íntimo de la madre. No se toma ninguna medida institucional para que no haya quiebres vinculares en cualquiera de estos tres escenarios. No hay programas de madrinazgos ya que todo se resume en una visión “maternalista” de esta cuestión, donde el apoyo pasaría por contar con un poco más de recursos materiales, charlar a vuelo de pájaro y sentir que se ha cumplido con una misión social.
Una decisión particular: Hay mujeres que están condenadas por haber lesionado gravemente o matado a sus hijos o por haberlos dejado lesionar o matar por sus parejas sentimentales. Algunas de ellas dejan hijos afuera, otras ingresan a la cárcel embarazadas y mantienen a los bebés junto a sí. Ellas siguen siendo madres de criaturas a las que pueden cuidar y proteger de acuerdo a las expectativas sociales o el bienestar de los hijos. Un hijo lesionado o muerto en condiciones de violencia doméstica o de incompatibilidad entre sus hijos y su nueva pareja sentimental no inhibe su condición de ser la madre de las criaturas supervivientes.
Ellas no han decidido que los hijos mueran sino que parece que la situación de violencia se ha ido fuera de control, con el resultado que tenemos ahora. Ellas han ejercido una violencia mediata sobre estos hijos,ahora lesionados o muertos, y no lo han hecho o no han permitido que lo hagan con sus otros hijos. No hay literatura científica que nos eche un poco de luz sobre este tema, aunque sí se conoce que un hijo es una configuración propia en la percepción de la madre, por las circunstancias de su concepción y nacimiento, por las posibilidades posteriores de cuidarlo y protegerlo, o por preferencias quizá involuntarias. Puede llegar el caso de tal grado de violencia que las madres experimenten una “desconexión moral” y dejen hacer a sus parejas, sin percibir la gravedad de la situación. Luego del desencadenamiento de los hechos no aparentan sentir culpa; quizá algún arrepentimiento por no haber podido sacar a los hijos de ese infierno. La culpa puede expresarse de muchas maneras distintas o no expresarse en las emociones pero sí sentirse de forma solapada o invisible a la mirada de los otros. Estas madres no son consideradas personas “peligrosas” por el Estado ya que conviven con las demás internas, y entablan relaciones, a veces muy cercanas, con los hijos de las otras detenidas. No parece haber signos o síntomas de enfermedad mental crónica.
Sin embargo, hay que decir que en ellas funciona el preconcepto de que los hijos son una “propiedad” y no son sujetos de derecho. No tienen un registro fuerte de sus obligaciones para satisfacer las necesidades de ellos y más aún, pueden llegar a utilizarlos como moneda de cambio. Aquella mujer que se amotina con su beba porque su causa judicial no avanzaba y amenaza suicidarse, nos dijo que su hija la “iba a acompañar”. Hubiera podido hacer una medida de protesta dejando la beba a salvo. De hecho, durante el juicio, había dejado cartas para su marido y otras personas allegadas explicando que se “había suicidado” porque ella era inocente, sin considerar que dejaba en el camino a sus hijos: las razones no tienen aquí importancia, solo queremos enfatizar la minimización del sentido de la vida y el bienestar de los hijos en pos de intereses exclusivamente personales. Más aún, la beba estuvo todas las mañanas del juicio acompañada por una mujer policía, con horarios salteados de alimentación y con fiebre debido a un virus en la boca.
En otro caso, la madre está detenida por lesiones graves a su hijo. Proviene de un paraje muy aislado, y la estadía en la cárcel le proporcionó un efecto que no por ser paradójico, es bastante común: un lugar donde desarrollar una vida más o menos “normal”, una “casa” con calefacción, agua corriente, alimentación continuada, y hasta cuidados médicos, que aunque mínimos ellas los percibe como extraordinarios, y posibilidades de alfabetización. (Richie 2001). Estos horizontes eran inalcanzables en su vida en libertad. A la vez ha aceptado los argumentos de su pareja golpeadora, a raíz de los cuales queda lesionado su hijo. Sigue siendo golpeada y utilizada sexualmente durante las visitas de su pareja  quien, en libertad y sin haber sido procesado, va por más. (Marietán 1998).

miércoles, 31 de octubre de 2012

CONSECUENCIAS NEGATIVAS

La Ley permite a las mujeres que están cumpliendo condena que puedan vivir con sus hijos en la cárcel hasta que cumplan 3 años. Estos niños conviven en prisión con sus madres en una etapa de la vida en la que se perfila su personalidad. 

  • Durante estos años de vida, los estímulos, aprendizajes y conductas que propician el desarrollo de los niños como personas son determinantes para el resto de su vida.
  • Muchos niños y niñas, especialmente aquellos que no han vivido nunca fuera de la cárcel, pueden tener dificultades para integrarse a la comunidad.
  •  Muchas mujeres encarceladas ya eran pobres, pero salen de la cárcel aún más pobres que antes. Probablemente tendrán dificultades para encontrar un trabajo y una vivienda estables, lo que a su vez afectará a los niños que vivan con ella.
  •  La madre y el infante deberían contar con un apoyo constante para cuando salen de la cárcel, esto, por razones humanitarias, pero también para evitar un futuro comportamiento delictivo por parte de la madre o del niño o niño (cuando crezca).
  • Los niños padecen las mismas dificultades del encierro que las personas adultas pero con un grado mayor de vulnerabilidad en cuanto protección de derechos en materia de salud, educación y vínculos con el exterior. Incluso, resulta aún peor cuando al cumplir la edad límite deben separarse de sus madres e insertarse en ámbitos desconocidos.


  • Según los autoridades de la Defensoría, "las deterioradas condiciones de las cárceles y el nivel de ansiedad y angustia que provoca el encierro pueden afectar la salud física y emocional de las mujeres embarazadas y de las niñas y niños".
  • A su vez, estudios internacionales demuestran que los niños que no permanecen junto a su madre en la cárcel también sufren consecuencias negativas y presentan problemas psicosociales, como:
  1. Depresión, 
  2. Hiperactividad, 
  3. Comportamiento agresivo o dependiente, 
  4. Retraimiento y regresión, entre otros.  
Naciones Unidas instó a los Estados a evitar que se extienda el uso del encarcelamiento como sanción para estas mujeres embarazadas o con niños, sin embargo, pocas veces el arresto domiciliario o la morigeración de la pena son consideradas a la hora de establecer una medida de privación de la libertad.


martes, 23 de octubre de 2012

DATOS


En los últimos 15 años, la población carcelaria femenina creció aproximadamente un 240 por ciento.
En los establecimientos penitenciarios federales hay 1019 mujeres presas: 18 de ellas embarazadas y 80 encerradas junto a sus hijas o hijos menores de 4 años, que llegan a ser 86, mientras que en los bonaerenses hay 933 mujeres y, al menos, 75 niños viven con sus madres. 
Además, más de la mitad de las mujeres detenidas en cárceles federales tienen prisión preventiva, es decir, que aún no fueron condenadas, y la mayoría está detenida por delitos no violentos, como infracción a la Ley de Estupefacientes por ser utilizadas como "mulas" para transportar drogas.

Como introducción, podemos situarnos en la problemática que genera la inmersión de niños de 0 a 3 años en el sistema carcelario, viendo éste video, grabado en la cárcel de Carabanchel (Madrid, ES):