Algunas
mujeres entran a la cárcel embarazadas, de forma tal que deben parir en ellas. Los controles de
salud no se hacen de forma periódica, hay obstáculos administrativos para el
traslado a los hospitales, y a veces las mujeres no gozan de la salud suficiente
como para tener un embarazo y parto saludables (desnutrición, adicciones, o enfermedades
pre- existentes). No tienen médico de cabecera o sea que son atendidas por
quien está de guardia, de forma tal que no pueden tener la confianza suficiente
con quien las va a ayudar en el parto, elemento éste que se considera
importante para crear un ambiente placentero durante el parto.
En realidad, no hay resquicio para un ambiente más o
menos adecuado en la vida que ellas inician estando embarazadas. (Dodge y
Pogrebien 2001) La brusca disrupción de su vida cotidiana hace que el embarazo
se convierta en un problema porque no le pueden dedicar atención ni cuidado.
Deben adaptarse a la vida carcelaria, sobrevivir sin recursos materiales a una
situación inesperada, o al menos para nada deseada, enfocando su atención a los
problemas que enfrentan a su ingreso. Esta etapa es bastante larga y de enorme
estrés hasta que se empieza a entender y compartir estas nuevas reglas de
supervivencia en un mundo caótico que está paradójicamente sobre- reglamentado.
El embarazo pasa a ser una cuestión de segunda instancia, a la que se le presta
poca atención pero que a la vez sobresale en sus prioridades porque tienen que
empezar a prepararse para un alumbramiento “distinto” si tuvieron hijos o bien
para un acontecimiento que deviene “molesto”. En otras palabras, no tienen
tiempo “emocional” para generar una corriente de afecto y apego con el niño por
nacer.
Otras madres ingresan con bebés casi recién nacidos, o de pocos meses. Algunas
de ellas no tienen otra opción que mantenerlos a su lado, ya que nadie se ofrece
para darles cuidado y mantener, a la vez, una constancia previsible de protección
al vínculo con la madre biológica. Si bien la adopción es una posibilidad concreta
y al alcance de todas ellas, no se la usa en la confianza de que se podrá lidiar
con la situación y que mejorará con el transcurso del tiempo. Pocas de ellas deciden
mantener fuera de la cárcel a sus hijos. En un caso hemos registrado a una
mujer condenada a una pena de ocho años que ingresa a la cárcel cuando tiene un
bebé de unos meses y un hijo de pocos años. Consideró que es mejor mantener el
vínculo entre los hermanos que el de ella con su bebé. Contó con su suegra para
cuidar a los chicos que iban a la visita en forma habitual. Los hermanos tienen
una buena relación pero cada uno de ellos se figura el rol materno de diferente
manera. Por razones obvias es la abuela la que cumplió durante toda la vida del
menor de los hijos el rol materno, de forma que su madre es una figura
suplementaria. Como el padre también está detenido, para el hijo menor su
hermano constituye un consejero y guía. En el momento previo a la libertad
condicional, esta mujer asistió a un grupo de madres con lazos de parentalidad
deteriorados. A esta altura no sabemos cómo resolvió la situación aunque su
deseo era reunir y reconfigurar todos los vínculos familiares, completándose
una nuevo escenario cuando el padre estuviera libre. El caso opuesto es el de
una mujer que mantiene a sus dos hijos con ella. Si bien la nena era de pocos
meses, el hijo mayor tenía alrededor de tres años con lo que su vida se vio
alterada en forma drástica, ya que tuvo que dejar sus actividades y vínculos
cotidianos para pasar a convivir en forma coercitiva con un conjunto de reglas
que le eran ajenas y por demás violentas. Su conducta fue errática, sus juegos desordenados y tuvo durante
los meses que pasó en la cárcel un visible mal humor.
Las decisiones sucesivas:
es la madre quien decide mantener con ella al niño o bien buscarle algún lugar
donde puede luego “pasar a buscarlo” para llevárselo a casa. Nuestra
experiencia indica que esta decisión si bien es la primera, no es la única ni
la definitiva. Los chicos suelen alternar períodos de internamiento con
períodos de vida en libertad, cambios bruscos de ambientes y por ende
situaciones de vida que se van confrontando en el delicado proceso de conformación
de una identidad.
La posición de “ser madre” en una cárcel presente
características propias. No solo por cuestiones materiales, de dificultades en
el espacio disponible, las comodidades, y las dificultades para concretar la
maternidad como ellas creen que deben ejercerla, sino también porque ninguna
madre está a tiempo completo en contacto con sus hijos, salvo aquellas que se
ven obligadas en la vida libre a estar en forma permanente con sus hijos; se
tienen momentos de distracción, salidas de los chicos con sus amigos,
alternancia de roles y cuidadores que pueden asumir durante el día algún espacio
donde ellas quedan “libres” de estas obligaciones.
Dentro del ambiente carcelario, las posibles
cuidadoras que se ofrecen, además de la madre biológica, cumplen funciones que
no son complementarias, como en la vida libre, sino suplementarias. (Enos 2001)
En esos momentos es como si el niño tuviera dos o más madres funcionando a la
vez: recibe cariño de dos o más pares de brazos o reprimendas de dos o más
voces diferentes, cuando no pocas veces se producen colisiones de las
voluntades y deseos. El resultado es un bebé de meses o un niño de pocos años
confundido o desorientado, malhumorado, hosco y llorón.
Esta situación es por sí misma cansadora a resultas
de lo cual la madre decide que el niño debe ir a vivir con algún pariente o con
su padre, si es que lo aceptan. En ese caso, suele suceder que vive algún
tiempo, como dijimos casi siempre con la abuela materna, hasta que la madre lo
empieza a extrañar o la abuela se cansa de las exigencias que implica criar a
un bebé con estas características de su entorno.
Las visitas a la cárcel suelen ser un punto de
inflexión que hacen que la abuela “devuelva” al niño con su madre. Ellas comprenden que
“ir a la visita” es la única forma de mantener el vínculo con la madre
biológica, pero implica una estrategia familiar para organizar horarios,
recursos económicos, viajes o tiempo de espera, todo lo cual se transforma en
obstáculos. La requisa es un momento que puede ser descrito como, al menos,
tenso, por ejemplo cuando se revisan los pañales de un bebé, o el contenido de
su biberón que para un observador externo es a ojos vista vejatoria. El bebé se
pone incómodo, lo tocan manos extraños, oye voces intranquilas y el clima en
general resulta de casi ningún cuidado, ya que hay una larga fila que espera.
Más aún, esta espera hace que la visita resulte más corta, con lo que los
esfuerzos se ven defraudados. Para peor, nada asegura que la madre biológica
esté de buen humor para recibir a su hijo, debido a que resulta un momento de
fuertes presiones que hace la abuela para que el niño quede con ella, o al
revés para que el niño se quede más tiempo con la abuela, o en circunstancias
en que la madre no puede afrontar ese rol siendo presa o que las contingencias
de la vida carcelaria hayan incidido en ese preciso momento en el ánimo de las
detenidas.
Las madres biológicas drogodependientes suelen ser
más inestables en surelación con sus hijos que las que están procesadas o
condenadas por otros delitos, incluso homicidio. El delito de la
distribución y comercialización de drogas está, por lo general, acompañado por
el consumo. Se sabe, además, que el tráfico de drogas es un lugar común en los
establecimientos carcelarios. La madre sigue consumiendo o bien sufre de
síndrome de abstinencia, imposibilitándose, en ambos casos y más allá de sus
deseos, el cuidado de un bebé.
Ellas sienten impotencia cuando no pueden resolver
sobre todo los problemas de salud de sus hijos. No hay un pediatra que se haga
cargo de la salud de estos niños, de manera que la consulta médica se produce
por guardia en un hospital o en un centro de salud. Los controles pediátricos
se llevan a cabo esporádicamente, como dentales y psicológicos. Los parámetros
de crecimiento están vigilados por las madres quienes recién cuando notan algún
signo de alarma (fiebre, dolor, excesivas horas de sueño, delgadez o obesidad,
etc.) deben empezar a hacer los trámites necesarios para que un vehículo las
traslade con sus hijos a la visita médica. Esta situación genera un sentimiento
de frustración ya que el cuidado de la salud de los hijos es un parámetro
socialmente importante en cuando al cumplimiento de la función materna, además
de ser, por lo general, una preocupación primordial de las madres.
Registramos un caso de una niña nacida con problemas
de salud debido a la
drogodependencia de la madre. No tuvo ninguna
atención especial, a pesar de sus notorias dificultades respiratorias, retardo
madurativo y bajo peso. La niña tenía fiebre a repetición junto con gripes,
resfríos, bronquitis y otros malestares respiratorios. En un momento la madre tuvo a su
disposición un tubo de oxígeno cuya presencia violaba cualquier medida de
seguridad interna, además de dejar la responsabilidad de su uso a alguien que
no estaba preparado para eso, en cuanto a criterios de utilización (gravedad
del cuadro, continuidad en su aplicación, períodos autorizados clínicamente de
repetición en la aplicación de oxígeno, etc.).
En una oportunidad, la madre intentó fugarse. Como
consecuencia, se le cerraba la puerta con llave y se quitaba los pasamanos
durante las noches. De esta forma, si la niña tenía algún problema, la madre
empezaba a gritar para que alguna de sus compañeras más cercanas pudieran
avisar a la guardia que, en algunas ocasiones, no respondió al llamado.
Y, desde luego, hay madres que cumplen su función en
forma desaprensiva
dejando al niño crecer “por su cuenta”, sin el
ejercicio real y comprometido de la maternidad.
En resumen, hay niños que van y vienen durante la
condena de la madre, otros que se quedan en circunstancias desfavorables y
terceros, asimismo en circunstancias para nada propicias, que se queden a
pesar del deseo íntimo de la madre. No se toma ninguna medida institucional
para que no haya quiebres vinculares en cualquiera de estos tres escenarios. No
hay programas de madrinazgos ya que todo se resume en una visión
“maternalista” de esta cuestión, donde el apoyo pasaría por contar con un poco
más de recursos materiales, charlar a vuelo de pájaro y sentir que se ha
cumplido con una misión social.
Una decisión particular: Hay mujeres que están
condenadas por haber lesionado gravemente o matado a sus hijos o por haberlos
dejado lesionar o matar por sus parejas sentimentales. Algunas de ellas dejan
hijos afuera, otras ingresan a la cárcel embarazadas y mantienen a los bebés
junto a sí. Ellas siguen siendo madres de criaturas a las que pueden cuidar y
proteger de acuerdo a las expectativas sociales o el bienestar de los hijos. Un
hijo lesionado o muerto en condiciones de violencia doméstica o de
incompatibilidad entre sus hijos y su nueva pareja sentimental no inhibe su
condición de ser la madre de las criaturas supervivientes.
Ellas no han decidido que los
hijos mueran sino que parece que la situación de violencia se ha ido fuera de
control, con el resultado que tenemos ahora. Ellas han ejercido una violencia
mediata sobre estos hijos,ahora lesionados o muertos, y no lo han hecho o no
han permitido que lo hagan con sus otros hijos. No hay literatura científica
que nos eche un poco de luz sobre este tema, aunque sí se conoce que un hijo es
una configuración propia en la percepción de la madre, por las circunstancias
de su concepción y nacimiento, por las posibilidades posteriores de cuidarlo y
protegerlo, o por preferencias quizá involuntarias. Puede llegar el caso de tal
grado de violencia que las madres experimenten una “desconexión moral” y dejen
hacer a sus parejas, sin percibir la gravedad de la situación. Luego del
desencadenamiento de los hechos no aparentan sentir culpa; quizá algún
arrepentimiento por no haber podido sacar a los hijos de ese infierno. La culpa
puede expresarse de muchas maneras distintas o no expresarse en las emociones
pero sí sentirse de forma solapada o invisible a la mirada de los otros. Estas
madres no son consideradas personas “peligrosas” por el Estado ya que conviven
con las demás internas, y entablan relaciones, a veces muy cercanas, con los
hijos de las otras detenidas. No parece haber signos o síntomas de enfermedad
mental crónica.
Sin embargo, hay que decir que en ellas funciona el
preconcepto de que los hijos son una “propiedad” y no son sujetos de derecho.
No tienen un registro fuerte de sus obligaciones para satisfacer las
necesidades de ellos y más aún, pueden llegar a utilizarlos como moneda de
cambio. Aquella mujer que se amotina con su beba porque su causa judicial no
avanzaba y amenaza suicidarse, nos dijo que su hija la “iba a acompañar”.
Hubiera podido hacer una medida de protesta dejando la beba a salvo. De hecho,
durante el juicio, había dejado cartas para su marido y otras personas
allegadas explicando que se “había suicidado” porque ella era inocente, sin
considerar que dejaba en el camino a sus hijos: las razones no tienen aquí
importancia, solo queremos enfatizar la minimización del sentido de la vida y el
bienestar de los hijos en pos de intereses exclusivamente personales. Más aún, la
beba estuvo todas las mañanas del juicio acompañada por una mujer policía, con
horarios salteados de alimentación y con fiebre debido a un virus en la boca.
En otro caso, la madre está detenida por lesiones
graves a su hijo. Proviene de un paraje muy aislado, y la estadía en la cárcel
le proporcionó un efecto que no por ser paradójico, es bastante común: un lugar
donde desarrollar una vida más o menos “normal”, una “casa” con calefacción,
agua corriente, alimentación continuada, y hasta cuidados médicos, que aunque
mínimos ellas los percibe como extraordinarios, y posibilidades de
alfabetización. (Richie 2001). Estos horizontes eran inalcanzables en su vida
en libertad. A la vez ha aceptado los argumentos de su pareja golpeadora, a
raíz de los cuales queda lesionado su hijo. Sigue siendo golpeada y utilizada
sexualmente durante las visitas de su pareja quien, en libertad y sin haber sido procesado,
va por más. (Marietán 1998).


Otro aspecto a tener en cuenta es en qué medida afecta un embarazo entre rejas al futuro bebé y a la relación que e eestablece entre madre-padre e hijo/a.
ResponderEliminarSi durante la gestación un feto es capaz de sentir la música clásica cómo no va a sentir lo que trasmite una prisión.
Control, ansiedad, sensación de agobio, sumisión, todo ello es consecuencia de vivir en un sistema panóptico y estas sensaciones y emociones generadas se trasmiten durante la gestación.
Desde mi punto de vista el hacer pasar un embarazo en prisión es condenar en cierto modo al futuro ser humano. Desde luego hemos de pensar que la reproducción social es interés para muchos en pro de mantener el orden establecido. Así ¿hasta qué punto interesa favorecer a esas madres que para esta sociedad son un último escalón?
Tenemos que tener en cuenta que además la mujeres en la mayoría de los casos son doblemente culpabilizadas, por la prisión y por la sociedad. No es lo mismo un hombre que haya cumplido prisión que una mujer.
BUEN TRABAJO FATIMA .YO SOLO HAGO UNA REFLEXIÓN ,LOS NIÑOS NO DEBEN PAGAR LAS CULPAS DE SUS MADRES,PERO SI TIENEN DERECHO A SU PROTECCIÓN Y A SU CALOR.POR OTRA PARTE TIENEN DERECHO A DESARROLLARSE COMO PERSONAS LIBRES CON IGUALDAD DE OPORTUNIDADES QUE EL RESTO.PAKI ALCALA.
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